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Sea precavido.

Hay muchas maneras de sacar rendimiento a nuestras propiedades inmobiliarias:

  1. Alquilar nuestra segunda vivienda.
  2. Alquilar esa habitación vacía de nuestra casa.
  3. Alquilar una plaza de garaje.
  4. Alquilar un local comercial.

La primera opción es la más clásica y habitual forma de alquiler. Tiene las ventajas de aportar un ingreso extra y evitar que Hacienda nos impute un ingreso que en realidad no se da, cuando tenemos una segunda vivienda vacía pero nos obliga a tributar un porcentaje del valor catastral.

El mayor temor de los propietarios es un inquilino indeseado (mal pagador, que descuide la vivienda y la dañe, ocupas profesionales…).

Para obtener el mayor beneficio y asumir el menor riesgo es conveniente ponerse en manos de un profesional que redacte un contrato que prevea muchas posibilidades y dote al arrendador de las máximas garantías sin descuidar por ello al inquilino, quien también debe  ver escrupulosamente protegidos en sus derechos.

Para la segunda opción, alquilar una habitación, ni siquiera debemos tener un patrimonio importante. Podemos alquilar una de las habitaciones de nuestra vivienda habitual (sea de nuestra propiedad o de alquiler). Este caso es muy útil para sanear la economía familiar, por contra, puede suscitar problemas de convivencia. Si somos inquilinos​ en la vivienda y queremos subarrendar debemos contar con el consentimiento del propietario (en ningún caso el coste/valor de subarriendo puede ser superior al del arrendamiento inicial).

Las opciones tercera y cuarta tiene las ventajas de que nos aportan un beneficio sin problemas de convivencia y arriesgando menos desde el punto de vista de que nos dañen una cochera o un local nos causaría, es principio, menos trastornos que si lo que dañan u ocupan es una vivienda. Como inconveniente destaca el hecho de que disponer de este tipo de productos inmobiliarios requiere de un importante desembolso que no está al alcance de todos.

Sea cual fuere la opción elegida es necesario tener en cuenta la necesidad de un buen contrato, estar al corriente de las normas admitrativas y tributarias, hacer un seguimiento permanente (sin invadir ni atosigar al inquilino) del estado de nuestra propiedad, reclamar las deudas que generan los impagos y la hipotética eventualidad de iniciar un proceso de desahucio para expulsar al arrendatario que no cumple con sus obligaciones.